Mama Angélica

Mamá Angélica

En las más de dos décadas que llevo dedicadas al periodismo, he entrevistado a decenas de personas para los distintos medios para los que he trabajado. Desde los llamados poderosos (cuyos egos son lo único poderoso que tienen), hasta el más humilde de los trabajadores cuya máxima alegría es haber concluido el día con un pan en la mesa para los suyos. Pero nunca antes, en todo ese tiempo, había sentido el sobrecogimiento, la casi intimidación, el estremecimiento interior que sentí ante la presencia inmensa, enérgica, de Doña Angélica Mendoza de Ascarza, ‘Mamá Angélica’, la madre ayacuchana que tiene treinta años buscando a su hijo, arrancado de su cama mientras dormía por treinta militares la madrugada del 3 de julio de 1983. Desde entonces es uno de los cerca de 16,000 desaparecidos que dejó el conflicto armado interno en este país (esa etapa de nuestra historia que muchos se niegan a reconocer su existencia como si esa espantosa cifra no bastara por sí sola para hacerlos entender que aquí ocurrió una catástrofe humana de dimensiones inconmensurables que va más allá de los actos terroristas demenciales de los que fue víctima este país y su gente).

Aferrada al retrato de su hijo, oírla pronunciar a sus 85 años resueltamente la frase “¡Pedimos Justicia, señor!” es lo más cercano a la firmeza, la convicción y la determinación humana que he visto y oído en mi vida. Y la repite tantas veces durante la conversación, que cualquier desprevenido mortal podría incurrir en el error de creer que la recita como quien lo hace con un estribillo que se conoce de memoria. Pero basta sentir el dolor, la amargura con la que pronuncia cada una de esas tres palabras para saber que lo suyo es más una férrea determinación que una lección aprendida.
Mientras habla es raro escucharla decir algo en singular, casi siempre lo hace en plural. Lo que no deja dudas de que la búsqueda de Arquímedes, su hijo de 16 años al que nunca más volvió a ver vivo después de esa noche de horror, es en realidad la búsqueda de todos y cada uno de los desaparecidos que ella y la asociación que fundó (la ANFASEP) se han empeñado en encontrar aunque ello les significó enfrentarse a gobiernos, plantarle cara a fusiles en ristre, soportar burlas e insultos y, lo que es peor, la indiferencia de las autoridades que, una tras otra, hasta el día de hoy, treinta años después, le deben una respuesta: ¿Por qué se llevaron a su hijo?

Mientras cuenta su tragedia, que ha contado miles de veces no tanto para obtener lástima sino para exigir justicia a quien la oiga y que pueda ofrecerle un resquicio de ella, no puedo evitar recordar la ocasión esa en que Vargas Llosa contó en que conoció a Mandela. Cuando le preguntaron cómo se sintió, contestó: “Me sentí un hombre nuevo”.

Así me he sentido yo al conocer a Mamá Angélica. Una mujer tremendamente valiente. Una encarnación viva y real de esas heroínas que creemos que solo existen en las películas o en los libros. Cuando me preparaba para entrevistarla, me puse a pensar qué hubiera hecho yo si a mí me hubiera ocurrido su tragedia. Debo confesar que pensé que me habría vuelto loco, perdido la razón, tal vez suicidado. No hubiera podido soportar treinta años de angustia, de dolor, de incertidumbre de no saber dónde fueron a parar los restos de mi hijo. Pero Mamá Angélica me hizo entender que más terrible que la desaparición de un hijo por razones que nadie le ha explicado, es tener la certeza de que los responsables de ella andan impunes por ahí y que es necesario dar con ellos y llevarlos ante la justicia. Se trate de quien se trate.
Tengo la convicción de que sus palabras pidiendo justicia van a retumbar por años, para siempre, en mis oídos. Como también sé que tal vez nunca jamás vuelva a tener la oportunidad de conocer a alguien de la estatura moral de esta extraordinaria mujer ayacuchana. Verdaderamente una gigante. Un auténtico patrimonio nacional vivo.

Por: JORGE MORENO MATOS
lamula.pe

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