Una iglesia disminuida

cojudezEl matrimonio gay se viene. No sé precisamente cuándo, pero llegará al Perú. Solo 28% de los peruanos lo apoya (según LAPOP), pero la opinión pública cambia rápidamente. En 1996, solo 27% de los estadounidenses apoyaban el matrimonio gay. Hoy 54% lo apoya.

El cambio se viene al Perú porque la igualdad legal de los homosexuales ya es vista (con mucha razón, en mi opinión) como un derecho básico en el mundo Occidental, tal como los derechos de la mujer y de las minorías étnicas. Está al punto de consolidarse como norma internacional en el Occidente. Cuando un derecho de este tipo se establece, es poco probable que haya retroceso.
El debate sobre el matrimonio gay llegó en serio al Perú con el proyecto legislativo (de unión civil) de Carlos Bruce. Varios políticos (Alan García, Daniel Abugattás, Martha Chávez) y otras figuras públicas (Phillip Butters) lo han apoyado, algo impensable hace pocos años.

El surgimiento del matrimonio gay en América Latina es otra señal de la creciente marginalidad política de la Iglesia Católica. Lejos del “poder fáctico” de décadas atrás, la Iglesia sigue perdiendo afiliados, influencia y poder político en la mayoría de los países latinoamericanos.

El debilitamiento de la Iglesia latinoamericana se ve en varios frentes. Primero, la población católica cae en casi toda la región. Mientras en 1970 96% de los mexicanos y 90% de los brasileños eran católicos, hoy solo 82% de los mexicanos y 65% de los brasileños son católicos. En Chile, Honduras, República Dominicana y Venezuela, menos del 70% de la población es católica, y en Uruguay, El Salvador y Guatemala, menos de 60% es católica. La caída es más fuerte entre los jóvenes. En Chile, por ejemplo, el porcentaje de jóvenes (de 15 a 29 años) que se identifican como católicos bajó de 75% en 1996 a 66% en 2002. Si el patrón de los últimos años persiste, el catolicismo dejaría de ser mayoría en América Latina en las próximas décadas.

Segundo, la mayoría de los católicos en América Latina no son practicantes. En Argentina, Brasil, Chile, Uruguay y Venezuela, menos del 40% de los católicos van a la misa. Y hay poca matrícula en los colegios católicos. En Brasil, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Paraguay, Perú, República Dominicana y Venezuela, menos del 6% de los estudiantes de primaria están inscritos en colegios católicos.

Tercero, la Iglesia tiene cada vez menos influencia sobre la opinión pública. Según una encuesta hecha en 2000, el 73% de los católicos brasileños apoyan el uso de anticonceptivos y más del 60% apoyan el derecho al divorcio. Y los católicos latinoamericanos no solo divergen de la Iglesia en sus opiniones, sino también se oponen a la intromisión de la Iglesia en la vida pública. Por ejemplo, una sólida mayoría de los católicos brasileños dice que la Iglesia no debe imponer su visión en los temas del aborto (53%), la homosexualidad (55%), el divorcio (70%), y los anticonceptivos (80%). Y según la Encuesta Mundial de Valores de 2000, casi 60% de los venezolanos y más de 60% de los argentinos, chilenos y mexicanos creen que los líderes religiosos no deben influir sobre el voto o sobre los gobiernos.
La Iglesia Católica latinoamericana ya no es lo que era. América Latina ya no es una región plenamente católica, y la mayoría de los católicos no son practicantes, no comparten muchas de las posiciones públicas de la Iglesia, y prefieren que Iglesia no se meta en la política.

De hecho, fuera de América Central, la influencia de la Iglesia en la política latinoamericana ha sido escasa en los últimos años. Aun en temas morales, como el divorcio, la planificación familiar, el aborto y el matrimonio gay, la Iglesia va perdiendo la mayoría de sus batallas. En Chile, por ejemplo, se legalizó el divorcio en 2004, y el gobierno de Michelle Bachelet –una agnóstica– expandió la educación sexual y la distribución de anticonceptivos. En Argentina bajo los Kirchner, se promovió la educación sexual y la distribución de condones, el Poder Judicial promovió una liberalización del aborto, y los argentinos fueron los primeros latinoamericanos en legalizar el matrimonio gay. En Brasil, el gobierno distribuye condones en los colegios públicos, el Poder Judicial acaba de legalizar el matrimonio gay, y el Congreso debate una liberalización del aborto. En México, el Distrito Federal legalizó el aborto y el matrimonio gay, y en Uruguay el gobierno legalizó el matrimonio gay y liberalizó las leyes antiaborto. Finalmente, en Bolivia, la nueva Constitución de 2009 no reconoce al catolicismo como religión oficial del Estado (el arzobispo boliviano René Fernández describe la Constitución como “totalmente atea”). Son muchas las derrotas, y en una sola década.

En el Perú, la Iglesia mantiene privilegios que ya no existen en muchos países latinoamericanos. Los 52 obispos reciben un sueldo del Estado y son exentos de impuestos; todas las diócesis reciben un subsidio mensual del Estado; y todas las propiedades de la Iglesia son exentas de impuestos.

Los políticos peruanos siguen siendo renuentes a entrar en conflicto con la Iglesia. Pero la Iglesia peruana está muy debilitada. La población católica ha disminuido de 95% de los peruanos en 1981 a 72% en 2006. En la última Encuesta del Poder, solo uno de los 30 más poderosos (Cipriani, en el puesto número nueve) es de la Iglesia. La jerarquía católica ni siquiera pudo imponerse sobre la PUCP. Y los escándalos de pedofilia (Gabino Miranda y otros casos) destruyen su legitimidad moral. Una institución que no solo permite sino encubre crímenes como el abuso sexual de niños pierde toda autoridad para opinar sobre temas morales.

Juan Luis Cipriani, un buen político, ha podido sostener la imagen de la Iglesia Católica como un actor importante en la política peruana. Pero en realidad es un actor cada vez más marginal. Es un tigre de papel. Los políticos que meditan su apoyo para el proyecto de Bruce no deben temerlo.

Por Steven Levitsky, politólogo (La República -Perú).

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