Yo no quiero un minuto de silencio para Miguel Grau

grau

8 de octubre: aniversario del combate de Angamos. Como todos los años, la Marina de Guerra cerrará la Plaza Grau del Callao a todo aquél que no tenga uniforme o represente un medio de prensa. El Comandante General de la flota hará un discurso genérico en el que se incluirá, sin duda alguna demanda corporativa. Habrá minuto de silencio, ofrendas florales, desfile, cañonazos y al final, media vuelta ante el monumento, abandonado hasta el próximo año, cuando se repetirá el ritual.

Por alguna razón, el homenaje al héroe de todos es una ceremonia exclusivamente militar en música, discurso y pastiche. No hay lugar aquí para los civiles, a no ser que sean altas autoridades actuando como militares. Y no hay lugar tampoco –paradoja- para Grau, el individuo, sino para una imagen congelada en bronce: la del guerrero y su muerte, a las 9.50 de la mañana, enfrentando al enemigo. (Insertar aquí, un minuto de silencio.)

Es posible, sin embargo, hacer un homenaje distinto. Recordar al Grau completo. No sólo al soldado caído en combate contra Chile, única faceta que nos ofrece el discurso militar, sino al ciudadano ejemplar, defensor de las leyes en la guerra y en la paz. En la guerra, defendiendo el derecho del vencido a ser tratado humanamente. En la paz, defendiendo la constitución contra cualquier dictadura.
Deberíamos recordar no sólo la grandeza trágica de Angamos, sino también la humanidad del vencedor de Iquique quien –luego del hundimiento de la nave enemiga- dispuso el salvataje de los marineros chilenos y rindió homenaje al valiente capitán chileno Arturo Prat, en una de las cartas más bellas escritas jamás por un peruano:

“En el combate naval del 21 próximo pasado que tuvo lugar en las aguas de Iquique, entre las naves peruanas y chilenas, su digno y valeroso esposo, el capitán de fragata don Arturo Prat, comandante de la “Esmeralda”, fue como usted no lo ignorara ya, victima de su temerario arrojo en defensa y gloria de la bandera de su patria. Deplorando sinceramente tan infausto acontecimiento y acompañándola en su duelo, cumplo con el penoso y triste deber de enviarle las para usted inestimables prendas que se encontraron en su poder, y que son las que figuran en la lista adjunta. Ellas le servirán indudablemente de algún consuelo en medio de su desgracia y por eso me he anticipado a remitírselas.”
Estas palabras merecen ser leídas en voz alta, no silenciadas.

Deberíamos recordar al ciudadano Grau, quien, al frente de la flota, y ante la exigencia de apoyar el golpe de Estado de los coroneles Gutiérrez, prefirió la insurgencia democrática. De nuevo, un minuto de sus palabras es mejor que uno de silencio:

“Al ver así las leyes ensartadas en la bayoneta del soldado, al ver atropellados todos los poderes de la República; al ver amenazados los más sagrados derechos del ciudadano y al ver, en fin, envilecido y escarnecido lo más sagrado entre los pueblos cultos y herida de muerte a la Patria, la Marina Nacional, que siempre ha dado muchas pruebas de patriotismo y abnegación por el orden y sostenimiento de las instituciones, no ha trepidado en ponerse a la altura que por sus antecedentes le corresponde, ha rechazado indignada la invitación que se le hizo para secundar la consumación de tan horrendo atentado; y, enarbolando el estandarte de la ley, ha protestado en masa de tan inauditos y escandalosos crímenes, no reconociendo otro caudillo que la Constitución”

Deberíamos recordar, por último, frente a la permanente tentación del revanchismo y el chauvinismo, que Grau no es sólo admirado por los peruanos, sino respetado por los chilenos. El mismo día del combate de Angamos el comandante chileno, Galvarino Riveros, escribía al ministro Santamaría:
“La muerte del contralmirante peruano, don Miguel Grau, ha sido, señor comandante general, muy sentida en esta escuadra, cuyos jefes y oficiales hacían amplia justicia al patriotismo y valor de aquel notable marino.”

Ese Grau integral e íntegro está en las antípodas de quienes puedan pretender reducirlo a un monumento al cual treparse. Su mero nombre debería ser una denuncia contra quienes consideran la guerra como un pretexto para cohonestar el crimen, y las armas como un argumento político.

A la luz del gesto de Iquique, es imposible excusar los horrores del Estadio de Huanta, de Pucayacu, de Callqui. Álvaro Artaza puede haber usado alguna vez el uniforme de la Marina de Guerra, pero eso no lo convierte en heredero de Grau. Irónica justicia: en la cobardía de su clandestinidad, ese perpetrador tiene que vivir ahora en el anonimato de un traje cualquiera.

A la luz de su rechazo al golpe de 1872, es imposible respetar a los felones que se asociaron al golpe de Fujimori y que co-gobernaron durante un régimen vergonzoso. El dictador puede haberse rodeado de uniformes en fechas como esta, pero eran insignias vacías. Por eso, el recuerdo que proponen los defensores de la impunidad, como el Vicealmirante Giampietri, es falso. Grau no hubiera necesitado una amnistía, porque no hubiera matado rendidos, masacrado civiles o apoyado un golpe.grauii

A esa imagen falsa, hay que oponer el recuerdo elocuente del soldado y del ciudadano. Ese recuerdo hace estallar cualquier minuto de silencio.
Fuente de la imagen.

EDUARDO GONZALEZ I LA TORRE DE MARFIL
PUBLICADO: 2010-10-08

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