LA NUEVA MURALLA DE LIMA ¿Estamos viviendo en el pasado?

LA NUEVA MURALLA DE LIMA ¿Estamos viviendo en el pasado?

Hay dinero en el país pero falta educación. Entonces gastamos la plata construyendo paredes.

nuestra edad antigua

Valerio Luyo tenía un restaurante en el distrito de Asia antes de que el gran muro empezara a construirse. Entonces era joven. Ahora tiene 86 años y recuerda aquellos años desde su exilio, en el reposado valle de Lunahuaná, un día de verano mientras barre la entrada de su casa, bajo las montañas.

El joven Valerio Luyo vivía en la zona popular de Asia y, como sus vecinos, jamás había necesitado un salvoconducto para atravesar las playas. Los primeros forasteros eran inofensivos, recuerda. Llegaban desde Lima los fines de semana. Acampaban con sus familias. Enterraban sus restos en la arena. Con el tiempo, levantaron casitas. Trajeron perros, mucamas, televisores. Eran gente de dinero. Desaparecían con la llegada del invierno.08377294-32d1-4369-9470-a7343867b74c

foto: píjiri

Un día, los nuevos vecinos levantaron un muro. Se aislaron del resto del distrito. Parecía un acto comprensible de protección. Habían terroristas y ladrones en el país. Pero el muro era radical como una mentada de madre de los dioses: los que estaban dentro tendrían acceso al mar. Los que estaban afuera, se joderían.

Los condominios de concreto se multiplicaron con el tiempo siguiendo el mismo patrón: las playas públicas en adelante serían clubes privados. El gran muro protegía a los propietarios y se extendía con hostilidad, como la frontera que separa a dos países que no se entienden. Los ricos con casa de playa adentro. Los pobres sin casa de playa afuera. Los ricos destacaban los nombres de sus territorios con cartelitos coquetos (Playa Blanca, Playa Bonita, Cocoa), como islas de un archipiélago exótico. Los pobres miraban, envidiaban y seguían de largo en busca de playas aún no arañadas por el gran muro.

Valerio Luyo, que siempre detestó lo detestable, miraba aquella guerra fría desde su restaurante y entendió que las cosas nunca volvería a ser como antes. Ahora debía pedir permiso para transitar por las arenas de su infancia. Un día cerró su negocio y se mudó con su esposa a un lugar más tranquilo, bajo las montañas, donde el gran muro no pudiera alcanzarlo. Allí envejeció tranquilo.

Una mañana de verano me recibe en su casa de Lunahuaná, donde se distrae vendiendo cremoladas de uva borgoña. Le muestro algunas fotografías recientes. Es el muro de Lima hoy, le explico. El viejo Luyo estudia las imágenes con incredulidad.83ac841e-aa1d-4d42-94ef-0237fb8cb247

foto: píjiri

-Kilómetro 100: una pared de concreto protege un condominio de casitas blancas y se extiende entre la carretera y el mar. La pared continúa en otra fotografía.

-Kilometro 113: Más condominios.

-Kilómetro 130: Ya no hay vida inteligente pero el muro sigue en pie y corre en el desierto desolado a lo largo de kilómetros y kilómetros como una criatura fantástica. No hay rastros de civilización a lo largo de esa línea divisoria. Solo aquella pared anticipa un futuro donde los ricos con casa de playa podrán bañarse en el mar y los pobres sin casa de playa, no.

El gran muro es una obra digna de estudio, como tantas curiosidades que construimos sin razón aparente. En el kilómetro 70 de la Panamericana Sur, el muro de Lima es una alambrada con carteles que gritan como el muro de Berlín: «Propiedad Privada. Orden de Disparar». En Ancón, por el norte, el muro muta en una soga que escuálidos guachimanes sostienen mientras sus jefes se bañan adentro y los pobres se multiplican afuera.1c9a556b-6136-4187-86d7-e601bf6b4c9e

foto: píjiri

Ya en la ciudad, el muro adopta todo tipo de formas folklóricas:

-Calles enrejadas donde los guachimanes piden DNI con modales de agentes migratorios.

-Viejos parques públicos que ahora son jardines privados dentro de condominios, donde él puede entrar pero tú no.

-Discotecas y clubes nocturnos donde los cholos y los negros (y todas sus variaciones) entran solo cuando tienen plata.

El muro de Lima es más que una obra arquitectónica. Es una ruina viviente que a los arqueólogos del futuro les servirá para explicar que, en pleno 2014, Lima aún era controlada por los neanderthales.

Marco Avilés

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