“La selectiva indignación” Por Juan Manuel Robles.

HILDEBRANDT-EN-SUS-TRECE“No me creo las lágrimas de cocodrilo de la derecha peruana, que se escandaliza por los muertos en Venezuela con una sensibilidad social que no solemos verles cuando se trata de salvajadas y abusos de entrecasa (diría que hasta carecen del rostro espontáneo de la indignación; la compasión auténtica, al igual que la sonrisa real, nunca puede fingirse). Sería mejor —digo, más decoroso— que estos indignados se dejaran de hipocresías y admitieran que su rollo es personal. Porque, vamos, la vida humana nunca ha parecido importarles mucho. De hecho, algunos usan con cierta frecuencia la frase “¡metan bala!”. Ninguno alzó la voz por los muertos en las protestas en Cajamarca y Cusco, el 2012. Deberían pues dejarse de hablar de sensibilidad social y derechos civiles y lanzar un comunicado impulsivo de esos que tanto les gusta redactar: “Hacemos votos para que Nicolás Maduro caiga de una buena vez, no por su carácter opresor sino porque lo detestamos profundamente, a él y a su mentor, Hugo Chávez, el responsable directo del surgimiento de forajidos como los que hoy gobiernan Ecuador, Argentina y Bolivia, y culpable también de que cada cinco años entremos en pánico y zozobra, e incluso—se reportaron casos— suframos cambios abruptos en el electrocardiograma. ¡Deslinde, presidente Humala!». Hay una diferencia entre desear la plena democracia en Venezuela y querer una expulsión de Maduro a patadas. No se engañen. A esos barones agremiados no les interesa la “liberación” caraqueña. Buscan una lección continental, un escarmiento para que quede claro que la única forma de manejar la cosa es aquella que aplican con éxito los países del modelo: el modelo Conga de control social.

Este espíritu de sensibilidad selectiva dominó esta semana la cobertura de los sucesos de violencia en Venezuela, en la misma prensa que quiso poner a Keiko Fujimori en el sillón presidencial el 2011. El día en que comenzaron las protestas, pude ver, en la portada de un diario importante, lo siguiente: «Venezuela: Así asesinaron al joven Bassil DaCosta», con fotografía ad hoc. Me encanta ese tipo de periodismo tan gráfico, tan directo y tan informativo. Pero luego pensé que me hubiera gustado ver en portada de ese diario importante, en el 2012, algo como esto: «Cajamarca: Así asesinaron a joven José Sánchez Huamán».

Digo, cuando se trata de muertos en Venezuela, hay infografía y hasta foto interactiva, trayectoria de la bala, CSI. Cuando son los muertos de Conga, sabemos menos. Y lo que aparece no se permite nunca el desborde emocional, la sensibilidad exacerbada, la luz resaltadora de la cólera, y mucho menos un lugar en la portada.

Por cierto, José Sánchez Huamán, de 29 años, recibió un balazo en la boca que le comprometió mortalmente la tráquea y la base del cráneo. Murió en Celendín, Cajamarca, donde además fueron baleadas tres personas que protestaban contra la minera Conga. Ese mismo año, 2012, en Espinar, Cusco, murieron dos jóvenes de 28 y 25 años —uno albañil; el otro, payaso— a balazos en el tórax. El payaso era conocido como “Manzanita” y se dice que después de muerto fue pisoteado por un caballo de la policía que le fracturó huesos. Ninguno de los dos jóvenes habían participado en las protestas.

Que una “agenda” llena de intereses opaque la capacidad de empatía de la prensa y del gremio de empresarios es compresible. Que resalten la brutalidad de la policía venezolana y no la de las fuerzas del orden peruanas, también. Lo que me llama la atención es que los lectores comunes, muchos de ellos limeños de clase media, más o menos informados, entiendan tan fácilmente la dimensión humana de la lucha de una parte del pueblo venezolano y en cambio no sean igual de entusiastas cuando se trata de pelear contra abusos domésticos, en un país en el que las mineras firman acuerdos de protección con la policía nacional, para reprimir.

¿Por qué Conga no puede generar la solidaridad social de la ciudadanía limeña? ¿Por qué no vemos a los chicos de revista Asia Sur en una azotea mostrando su apoyo a ciudadanos que viven con derechos restringidos, bajo riesgo de muerte y abuso? ¿Qué anula en esos casos la empatía que tan bien parece funcionar cuando ven a un estudiante venezolano? ¿Qué diferencia a una bala en un cráneo de otra bala en otro cráneo?

Tal vez sea la ideologización a la derecha, que ha provocado que la clase media, sobre todo en Lima, crea en la narrativa del progreso y el autocontrol del propio destino económico. Esa ideologización no es solo producto de los medios: el nuevo peruano hace un contraste entre un pasado sin esperanza y un presente en el que ha recuperado el derecho a la especulación optimista. Compara el boom inmobiliario actual con el aislamiento, las colas y las bombas. De hecho, un columnista habló hace poco de cómo en los años setenta en Caracas se conseguían productos importados alucinantes que no se encontraban en el Perú estatista (hoy la situación es inversa, lo cual en el artículo aparecía como síntoma de la decadencia venezolana). En el 2010, cuando era embajador en Buenos Aires, el diplomático chileno Miguel Otero declaró que gracias a Pinochet la gente “se sintió aliviada (…), porque antes usted no podía comprar nada importado”. Otero tuvo que renunciar por esa frase, muy poco feliz pero también sintomática. La apertura de mercado, el hecho de sentirla y vivirla minimizando activamente a los que no la pasan bien, es una característica de los primeros años de todas las prosperidades capitalistas latinoamericanas (Colombia en los noventa, Bolivia en los ochenta). Genera una suerte de orgullo: no nos arruinen la fiesta.

Pero se me ocurre una razón más simple para esta compasión que se duerme. Lima aún no es capaz de sentir una empatía real por los ciudadanos de pueblos y ciudades periféricas. Los que protestan contra el progreso no son individuos con los cuales identificarse, pues se trata de gente “resentida”, “antisocial”, personas que no se adaptan. La ciudad en la que ganó PPK busca empatías más pretenciosas. Una vez, me llamó la atención ver en una revista peruana de sociales, realeza y glamour, una nota a todo color sobre los estudiantes franceses, que protestaban masivamente contra la Ley de retiros; se hablaba del “gran temperamento galo” (en esa revista, por supuesto, nunca aparecía el Sutep). Esto me recuerda a ciertos jóvenes que van a Buenos Aires y retornan devastados por la historia de las Madres de la Plaza de Mayo. Les cuentas de las Madres de Ayacucho y eso no les causa el mismo impacto. ¿Qué tendrán que ver esas señoras conmigo?”

Juan Manuel Robles.

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