La Paisana Jacinta, la China Tudela y el absurdo del “racismo inverso”

La Paisana Jacinta, la China Tudela y el absurdo del “racismo inverso”

Soy blanca y limeña en un país que discrimina a mestizos y provincianos. Por esas dos características, que yo no escogí ni deseé, estoy segura de que he sido víctima de prejuicios absurdos en mi contra a lo largo de mi vida: que soy pituca, hueca y clasista, que discrimino, que cualquier cosa que he logrado ha sido gracias a que seguro nací en una cuna de oro y no a mi trabajo, talento o esfuerzo.

“Sí”, dirán algunos. “A mí también me han discriminado por ser blanco”. Y seguro es verdad. Nuestra especie parece tener una cierta debilidad por inventarse hasta los motivos más idiotas para maltratar a las personas que perciben como diferentes. Pero, siendo sincera, los privilegios que he disfrutado debido al color de mi piel exceden por bastante cualquier experiencia de discriminación que haya podido padecer. Y si no fuese así, mi caso sería excepcional en el Perú.

Porque la verdad es que tengo más probabilidades de conseguir un trabajo que una persona con un currículum idéntico al mío pero de apellido más local. Y nadie nunca me ha negado el ingreso a un local debido a mis rasgos. Tampoco vivo en un país en el que durante siglos se ha instaurado la idea de que las personas con mi cultura, mi forma de hablar y mi tipo físico son sucias, brutas e ignorantes, y donde esa idea históricamente se ha utilizado para legitimar la explotación de quienes se parecen a mí. Nunca nadie ha asumido que mi acento evidencia mi imposibilidad de hablar correctamente mi idioma.

Vivo en cambio en un país en el que a las madres se las felicita porque el hijo le salió rubiecito; donde todavía algunas personas aconsejan (medio en serio, medio en broma) buscarse un extranjero para “mejorar la raza”; donde un taxista me dijo hace unos días que seguro yo no tendría problema en encontrar novio porque soy “blanca”; y donde (aunque por suerte cada vez menos) es fácil adivinar el grado de instrucción y la situación socioeconómica de una persona con tan solo mirar una fotografía de su rostro.

Aun así, cuando se discute el problema del racismo en nuestro país, nunca falta el que, en lo que imagino asume como un gran giro argumental, pretende jugar la carta del “racismo inverso”, según el cual los roles tradicionales de la discriminación se invierten y la minoría “blanca” se vuelve víctima de los prejuicios de la mayoría “chola”. En ese mundo, toda discriminación es equiparable, como aparentemente lo son también La Paisana Jacinta y la China Tudela, caricatura de la típica “tía pituca” limeña que se publica en un medio local desde hace años.

Pero, ¿es la China racista de la misma forma en que lo es el personaje de Jorge Benavides? Quizá podríamos sentirnos tentados a decir que sí. Efectivamente, la China Tudela ironiza sobre una serie de prejuicios asociados a las clases socioeconómicas más altas de nuestro país de una manera aparentemente similar a lo que hace la Paisana con los migrantes de la sierra. Aparentemente, digo, porque la verdad es que no, de ninguna manera.

El uso del concepto de “racismo inverso” para equiparar el problema estructural y sistemático al que toda una colectividad se enfrenta con las experiencias de discriminación que miembros del grupo tradicionalmente discriminador pueden experimentar, puede explicarse, en parte, por un asunto de conveniencia (defender la caricatura que celebra nuestro propio racismo, minimizar nuestro racismo con el consuelo de que en realidad todos somos culpables de lo mismo y nosotros también hemos sido víctimas de nuestro color de piel), pero también por una confusión de conceptos.

Innegablemente la China Tudela personifica algunos de los prejuicios que tenemos contra las personas en quien su personaje está inspirado. Hay tantos prejuicios como personas en el mundo: que las mujeres de clase alta son frívolas y racistas, que las rubias son superficiales, que los ateos son inmorales, que las de algunos colegios son huecas, que los hombres muy musculosos son machistas. Incluso sin saberlo, todos hemos sido víctimas de los prejuicios que otros proyectan sobre nosotros en algún momento, porque esa sí parece ser la naturaleza de nuestra especie: nos gusta juzgar a los demás antes de conocerlos en base a generalidades muchas veces injustificadas.

Pero cuando alguien decide actuar en base a esos prejuicios, ya no solo prejuzga, sino que discrimina. La discriminación sí es multidireccional. Una mujer en una situación de poder puede preferir contratar mujeres, discriminando a un hombre perfectamente capaz de hacer el trabajo; un chico de clase acomodada puede no ser tomado en serio por sus compañeros de aula, debido a los prejuicios que estos tienen contra gente de su procedencia; una persona blanca puede incluso ser discriminada de forma cotidiana si se desempeña en un ambiente en que constituye la minoría. La discriminación puede adoptar todas las formas que los prejuicios le permitan.

El racismo, en cambio, está inserto en un sistema social, cultural y económico que ha institucionalizado y normalizado la discriminación de un grupo de gente debido al color de su piel, lo rizado de su cabello, los rasgos de su rostro. No se trata de la discriminación y los prejuicios que una persona puede ejercer contra otra de manera individual, sino de una estructura que continuamente refuerza la idea de que una “raza” merece más, es mejor o más atractiva que otra. El racismo es lo que hace que la muerte de campesinos que protestan no nos mueva ni un pelo, que las modelos fotografiadas en las vallas publicitarias de la ciudad no se parezcan en lo más mínimo a la inmensa mayoría de habitantes (y consumidores) de nuestro país, que en las redes sociales un grupo de personas se lamente por la forma en que una (aparentemente otrora) exclusiva discoteca de Larcomar se haya “choleado”. Racismo es lo que hace que un grupo de gente se sienta avergonzado de sus rasgos e interiorice los prejuicios que durante siglos se han proyectado sobre sus comunidades.

El uso del concepto de “racismo inverso” pretende eliminar de la reflexión toda esta estructura, equiparando toda experiencia de discriminación, como si unas no fuesen tan el síntoma de un entramado social terriblemente complejo que hace que algunos sean necesariamente víctimas de la discriminación y que para otros sea casi imposible no discriminar. Desarmar esa estructura es especialmente difícil, porque sus sentidos comunes son asumidos como naturales por discriminado y discriminador.

Pero cuando el humor logra abordar la realidad con ironía, sí constituye una fuerza capaz de subvertir dicho orden. Es capaz de poner un espejo frente a nuestras narices y obligarnos a mirar eso que no queríamos ver. El humor como crítica política nos hace reírnos de nosotros mismos, es cierto, pero para hacerlo nos obliga primero a observar y reconocer esas taras que arrastramos con nosotros. El supuesto humor racista no hace nada de eso. No evidencia nuestros prejuicios, sino que les da en la yema del gusto. Valida nuestros más horribles lastres. Y, de esa forma, es cómplice de los sistemas que permiten que se perpetúe la ideología de que un grupo de gente es “naturalmente” inferior a otro, que “naturalmente” merecen menos (menos respeto, menos derechos, menos dinero, menos educación) que otro grupo.

Cuando Chaplin hace comedia del dictador, del patrón tirano, del burgués indiferente a la miseria ajena, está haciendo exactamente eso que el humor como crítica y denuncia logra hacer: subvertir por un momento la tiranía e injusticia que condena las vidas de tantas personas en el día a día. Equipara, siquiera momentáneamente, la desigual balanza del poder y ayuda a llamar la atención sobre lo injusto de dicha desigualdad. La Paisana Jacinta no hace ni siquiera por un segundo nada de eso. Al contrario, se ampara en el supuesto humor para reforzar tan disparidad, para restregársela en la cara a sus víctimas e invitarlas a reír, no vaya a ser sean acusados de acomplejados, resentidos, amargados, aguafiestas. Y minimizar el racismo de la Paisana Jacinta sugiriendo que es igual a la ironía de la China Tudela es francamente risible.

Por: Jimena Ledgard

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