Proteccionismo, libre mercado y mitología neoliberal

¿Quiénes han ganado con la doctrina del libre comercio?, ¿cuánto se han beneficiado de estos acuerdos los países en desarrollo?, ¿cuál es la realidad histórica respecto al proteccionismo?, ¿existen alternativas al libremercadismo o la última palabra ya está escrita?

Esta semana los países miembros del Foro de Cooperación Asia-Pacífico (APEC) se reunieron en Perú y firmaron una declaración que señala lo siguiente: “Reafirmamos nuestro compromiso por mantener los mercados abiertos y luchar contra todas las formas del proteccionismo”. Creemos que es momento que, tal cual como en esa maravillosa escena de Matrix en donde Morpheus le ofrece una pastilla azul y una roja a Neo, elijamos la pastilla roja y enfrentemos los miedos y falsas verdades que se han construido alrededor del libre comercio internacional y de sus beneficios, y que discutamos abiertamente sobre cuáles son los caminos alternativos que podríamos recorrer con objeto de empujar el desarrollo de países, y de un mundo, más igualitario.

¿Quiénes han ganado con la doctrina del libre comercio?, ¿cuánto se han beneficiado de estos acuerdos los países en desarrollo?, ¿cuál es la realidad histórica respecto al proteccionismo?, ¿existen alternativas al libremercadismo o la última palabra ya está escrita?

La primera realidad que debiéramos develar es que los mismos países desarrollados que han empujado las políticas de libre comercio internacional no construyeron su riqueza a partir de esta doctrina, sino precisamente sobre la base de la protección de sus industrias. Así es, EE.UU., Inglaterra, Suecia, Japón y Korea levantaron fuertes barreras arancelarias en los períodos en que desarrollaban sus industrias, haciendo del Estado no solo un defensor sino un promotor del fortalecimiento de las economías internas de estos países –para ver más sobre la historia del libre comercio revisa “Patada a la Escalera” (2003) de Ha-Joon Chang–.

Es por esta razón que el modelo simplista de intercambio comercial sobre la base de ventajas comparativas no funciona o, por decir lo menos, no es eficiente. Esto quiere decir que cuando un país intercambia los productos de su industria nacional (desarrollada gracias a años de proteccionismo y estímulos del Estado), con otro país que ha sido “invitado” a postergar su industria interna (por el FMI o el Banco Mundial) en pos de la exportación de bienes de bajo valor agregado, es evidente que hay uno que sacará más ventajas de sus propias ventajas comparativas. Se crea una dependencia desigual entre países desarrollados y subdesarrollados que ya no es tolerable, al menos para el caso chileno.

Una segunda realidad que es bueno refrescar, es que la promesa de mayor prosperidad e igualdad (la misma que refuerza la APEC en su declaración de este 20 de junio), ha terminado por ser un inapelable fracaso. A pesar de que la desigualdad entre países ha disminuido (principalmente por el crecimiento acelerado de países pobres como China e India), la desigualdad dentro de ellos ha aumentado, concentrando obscenamente la riqueza en los primeros percentiles de ingreso.

El caso de Chile es frustrante en este ámbito. A pesar de aumentos y disminuciones, y con períodos reformistas, socialistas y dictatoriales de por medio, nuestra desigualdad está básicamente en el mismo nivel que en el año 1960. Cuando nos comparamos con el mundo, Chile aparece en el lugar número 120 de 129 países –para ver más sobre el desarrollo de la desigualdad global en las últimas décadas revisa “Do Nations get the Inequality they Deserve” (2016) de Gabriel Palma–.

Quizás estos altos niveles de desigualdad se deban a la incapacidad de nuestro país de transformar su estructura económica a lo largo de su historia. Muy por el contrario, lo que hemos hecho es dejar que se nos meta en la casa un libre mercado todopoderoso, que ha concentrado la riqueza en una minoría que cada día se enriquece con mayor facilidad, y una mayoría que simplemente no lo logra.

Entre la inmensa cantidad de reflexiones que se han escrito con posterioridad a la victoria de Donald Trump, llama la atención la del economista Daniel Rodrick, quien hace un sentido llamado a los economistas a dejar de entregar argumentos a los libremercadistas que tengan su sustento en el miedo al proteccionismo. Creer en este principio, el de retomar una discusión que no cierre puertas, sino que las abra y explore nuevos caminos, es más importante que nunca.

El eventual fracaso del TPP iniciará una nueva fase de discusiones económicas y esta vez debe existir una contraparte global que proponga una alternativa. Este nuevo ciclo requiere de economistas y políticos capaces de entregar nuevos márgenes para hacer frente al libre comercio planetario y los posibles acuerdos futuros que se quieran alcanzar.

“También será importante regular el poder de las empresas transnacionales, las que hoy ejercen una presión desmedida y antidemocrática (fundamentalmente a través de las cortes internacionales de inversión como el CIADI) sobre los Estados, bajo la amenaza de demandarlos si se interviene y “distorsionan” los mercados. En este ámbito de regulaciones, también es urgente construir un nuevo marco institucional que regule los flujos de capitales y que avance en una tributación justa para las empresas transnacionales (las que representan un tercio del comercio mundial).”

Por un lado, habrá que estar atentos a que el  fracaso de este megaacuerdo comercial no resulte en algo peor: sin Estados Unidos temporalmente, pero esta vez con China y Rusia a la cabeza. Por otro lado, que Trump lidere ahora la discusión global sobre el proteccionismo conlleva el riesgo de, en primer lugar, ayudar con argumentos retóricos a la barra brava del libremercadismo (“si estás pensando en proteccionismo entonces eres lo mismo que Trump”) y, en segundo lugar, el riesgo de confundir la necesidad de ser estratégicos en el uso de la protección y el entender que vivimos en un mundo globalizado y que la cooperación entre países, sobre todo entre países que dependen hoy completamente del comercio, no es una línea de acción que se debiera dejar a un lado.

Sin romper huevos no se hacen tortillas, y poner en marcha un nuevo modelo de desarrollo implicará romper muchos huevos. Si no abordamos las reglas del juego macroeconómicas bajo las cuales la economía interna se mueve, avanzaremos siempre en la lógica incremental, pero no alteraremos su curso. En días de tanta incertidumbre, mucho mal no hará entrar a picar y preguntarnos por las industrias que queremos fortalecer y proteger y hasta dónde estamos disponibles a modificar las reglas del libre mercado que rigen en nuestro país.

Un primer ámbito donde hará falta abrir la mirada será precisamente en el área del comercio internacional y sus reglas del juego. Es urgente avanzar hacia acuerdos comerciales que consideren el impacto del comercio en el acelerado cambio climático y las condiciones laborales de los trabajadores y trabajadoras de las empresas.

También será importante regular el poder de las empresas transnacionales, las que hoy ejercen una presión desmedida y antidemocrática (fundamentalmente a través de las cortes internacionales de inversión como el CIADI) sobre los Estados, bajo la amenaza de demandarlos si se interviene y “distorsionan” los mercados. En este ámbito de regulaciones, también es urgente construir un nuevo marco institucional que regule los flujos de capitales y que avance en una tributación justa para las empresas transnacionales (las que representan un tercio del comercio mundial).

En un segundo ámbito, debemos dejar por un momento las caricaturas del Estado a un lado y pensar seriamente en qué áreas de la economía este tendrá que intervenir si lo que se quiere es desarrollar una industria nacional fuerte y competitiva (lo que nos permita abandonar la senda monoproductiva del cobre y la exportación de materias primas). Distintos especialistas han propuesto la posibilidad de que Chile, por sus condiciones climáticas y geográficas, pueda, por ejemplo, convertirse en un gran productor orgánico. Este camino reportaría distintas ventajas tanto en la salud de la población como en la competitividad de sus productos en comparación con los sintéticos. En este ámbito la cuestión de los impuestos a la exportación de materias primas como herramienta para el desarrollo industrial tampoco se debiera dejar a un lado.

Un tercer lugar, no sería malo dejar de legislar en función del miedo y que abordemos derechamente las políticas de reinversión y las fugas de capitales. Las experiencias asiáticas, como la coreana, japonesa o taiwanesa, indican que políticas de industrialización y diversificación requieren de empresas dispuestas a invertir grandes porcentajes de sus ganancias fundamentalmente en mejora de las condiciones laborales y  en la tecnologización de los procesos productivos.

Lamentablemente, en Chile las empresas invierten una pequeña proporción de sus ganancias. Por su parte las transnacionales retiran altísimas sumas de dinero dejando poca capacidad industrial desarrollada en Chile. Las políticas efectivas de industrialización, especialmente en el sector primario exportador, requerirán de reglas más estrictas de inversión y distribución de las rentas por parte de las empresas, sean estas privadas o del Estado.

Invitamos a renegar a la idea de que en la vereda del bien está el libre mercado y que en la vereda del mal está el proteccionismo. Lo hacemos, simplemente, porque aquella idea no es cierta. No hay evidencia empírica robusta que pueda decir que el libre mercado ha hecho de este un mejor planeta y que el proteccionismo nos llevará al despeñadero.

La lucha contra todas las formas de proteccionismo firmada este lunes por los países miembros de la APEC es una señal clara de que sus líderes han entendido poco y nada sobre las causas del malestar global. Tal ceguera obliga a una respuesta de aquellos que esperan una alternativa al orden actual de las cosas.

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