El fin del encono

El que nunca perdona tiene destino cierto
de vivir amargos recuerdos en su propio invierno.
“El gran varón”, voz: Héctor Lavoe. Letra de Omar Alfanno

Pienso que uno de los problemas invisibles del Perú, que no por eso deja de ser un importantísimo y trascendental problema, es que hemos retorcido tanto la Verdad, que ya no sabemos cuál es.

Fernando Odiaga, Facebook 15.08.2016

I

Este conjunto de reflexiones surgió al leer en la prensa peruana e internacional sobre los 24 años de la captura de Abimael Guzmán y el descubrimiento del así llamado “mausoleo senderista”. No trata de ser un artículo referido a la retórica de estas noticias o la verdad de los hechos sino más bien un “ajuste de cuentas” conmigo mismo. He tratado de escribirlo tres veces. Las dos primeras resultaron ser versiones poco amables por la cantidad de citas y particularmente porque, a mi juicio, no permitían ver lo que yo quería decir sobre los grupos alzados en armas, sobre la memoria de la violencia –mi memoria– y, en especial, sobre mí mismo: Sobre mi historia con la violencia. Las lecturas complementarias, las citas –pienso ahora– me llevan a dos cosas que debería evitar: primero, la procrastinación de medidas concretas, conscientes, personales, al respecto de hablar directamente sobre mis dudas y afirmaciones; segundo, dedicar este artículo únicamente a quienes han leído o podrían interesarse en los libros que he leído –mi “colectivo de pensamiento”– cuando en realidad quiero hacerlo a todos aquellos que deseen entender un testimonio, estando libres o encarcelados, siendo víctimas o victimarios, en la derecha o en la izquierda, creyentes o no. No dudo en decirlo ahora que leo todas estas líneas: Me siento frágil pero me siento yo mismo.

II

Vivo fuera pero trato de visitar el país cada dos años. Como siempre desde su inauguración, el 2014 visité el Ojo que Llora y luego, convencido de que ya era tiempo, aproveché para visitar amistades cumpliendo penas por delito de terrorismo en Piedras Gordas. La experiencia de poder abrazarles, saberles saludables, verles reír, pintar, bailar, escribir, en (lo que parecía) una buena relación con sus custodios de la Policía Nacional, me hizo sentir tan feliz que deseé que la visita no termine nunca. Sentí sus corazones latir muy cerca de los míos, de la misma manera que lo hicieron en la época en que nos conocimos, en que nos encontrábamos en la universidad, las actividades culturales o los bares, cines y teatros. Aquella fue una época que terminó de repente y sin aviso cuando –siempre lo pensé así– ellas y ellos decidieron discretamente alejarse y sólo pudimos verles en eventos públicos en los que su lenguaje –incluso el corporal– ya no era el mismo. Nos dejaron sospechar en qué sehabían involucrado y de nuestra amistad sólo quedaron encuentros de agresivas miradas que, por ser justamente encuentros, delataban un pasado común, un cariño recóndito, sobreviviente a la actual y recíproca desaprobación. Ya no nos acercaríamos más y esto con seguridad fue bueno para mí, porque el tiempo de iras que vivíamos implicaba peligro, miedo, impunidad y muerte. De hecho, el terror que ellos y ellas apoyaban o directamente ocasionaban estaba presente desde que lavábamos los dientes en la mañana hasta que regresábamos con el pan al día siguiente. O era peor: A fines de los 80s las detenciones y desapariciones se podían contar como sucesos cercanos a uno y para algunos de nosotros eran la desorientación misma: ¿Queríamos hablar de esto con las personas de nuestro entorno? ¿Qué era mejor? ¿Negarlas? ¿Afrontarlas? ¿Confrontarles? ¿Ir a la policía? ¿Las organizaciones de derechos humanos? ¿A dónde ir? No estábamos preparados para esta historia.

III

El camino de salida, del patio de visitas a la entrada del penal, es muy vigilado, lleno de rejas, largo y laberíntico y, quizás por estéril, constituye un tiempo y un espacio para empezar a considerar la experiencia procurando evitar las idealizaciones. Pensar por ejemplo en la Lima que lleva hasta el penal, de cómo les impactará al salir de allí, rodeados de medios que deseen saber de su “reincorporación” a la vida “democrática”, de si el orden del penal y su predictibilidad es, después de tantos años, un orden más complaciente que el de afuera, de si realmente yo había hablado con ellos y ellas de todo esto, de si ellos y ellas lo advertían y, de algún modo, tendrían aún las justificaciones ideológicas que les llevaron hasta donde en este momento les visitaba. E, incluso, de mi actual posición y responsabilidad, favorable o no, frente a la sociedad, frente a ellos, frente al espejo. Fui habitante del cono norte hasta 1993 y vi sus transformaciones: La división de San Martín de Porres, la explosión de Famesa, el crecimiento urbano de Los Olivos en dirección a la Av. Universitaria, Puente Piedra y Carabayllo, los primeros conciertos de punk y los “grandes” negocios alrededor de Fiori, los cortes de agua y electricidad, la llegada de las drogas y las batidas al barrio, el aumento de la delincuencia en la calle, el tráfico de terrenos, la hoz y el martillo en los cerros de Comas y el asesinato de Don Pedro Huilca, fabuloso líder y querido vecino.Obviamente en el 2014 las cosas ya no eran como antes: Los centros comerciales se alineaban al pie de la cada vez más lenta y sucia Panamericana Norte llegando a Puente Piedra. El camino de regreso tuvimos que hacerlo por Ventanilla y vi esa “otra” Lima del Noroeste, que crecía nuevamente, como lo fueron Independencia, Comas y Carabayllo en su momento, encima de un cerro agreste, gris, sin agua, como los que yo alguna vez visité para hacer proyección social y luego formación política. Para quien viene de afuera –y esto no lo digo como “extranjero” sino como aquel limeño que transita del centro de Los Olivos hacia el Sur– se trataba de la misma realidad pobre, de los 80s; un paisaje que no hablaba de “democracia” sino de marginalidad, aquella que yo había visto justificar un discurso radical cuya prevalencia –me acordé en el auto de regreso a Lima– me había olvidado de corroborar con la alegría de los abrazos y los reencuentros dentro del penal.

Ya había visto esas colinas tres años antes. Me acordé de la escena: Estaba con mi esposa viajando por tierra hacia Punta Sal. Ella, que tiene tanto recorrido por el Perú como la larga Panamericana, me preguntó si me podía imaginar a toda esta gente levantándose un día de la cama y, en vez de empezar sus tareas cotidianas, decidía dar una gran marcha del margen a la ciudad. “¡Zahorí!”, le dije y le sigo diciendo, porque, la verdad, al ver estas realidades tengo miedo que así suceda. Porque, por lo que vi, la situación no cambia y el margen existe aún marginal y me doy cuenta que más allá que mis amistades, privadas de libertad por terrorismo, hayan o no cambiado de opinión política, las circunstancias que dieron origen a la violencia brutal de Sendero Luminoso aún se reproducen.

 

Leo los artículos actuales sobre el “mausoleo senderista” y reafirmo mi miedo a la continuidad, legitimidad y extensión de la marginación. 

IV

Leo los artículos actuales sobre el “mausoleo senderista” y reafirmo mi miedo a la continuidad, legitimidad y extensión de la marginación. No se trata de un “LUM-SL” y, sin embargo, los medios de comunicación y las opiniones de los entendidos hablan de él como un enorme “tumor”, a matterout of place, creciendo en las narices de la sociedad. Leo que el “tumor” fue inaugurado en una parte marginal del ya marginal cementerio del marginal distrito de Comas, con marchas que han venido ocurriendo desde julio. Es sólo a fines de setiembre que las cosas se vuelven relevantes para Lima: Una fiscal, con más sentido humano que procesal, devuelve a las familias siete féretros con los restos de personas masacradas hace treinta años en el penal de El Frontón, una fecha que evidentemente “compite” en relevancia histórica con la de captura de Abimael Guzmán. Es evidente que MOVADEF está presente enarbolando su propuesta de amnistía general pero ¿puede esto acaso distraernos de lo que debería ser central o sea: lo difícil que puede haber sido para las familias superar las dificultades judiciales, nacional e internacionalmente, luchar contra la estigmatización de la opinión pública y retirar los cuerpos de la morgue después de tantos años para darles sepultura, una donde puedan visitar a sus familiares en privacidad y con dignidad? Vuelvo nuevamente a los artículos que he podido coleccionar y no hay ninguna mención sobre las familias, sobre el estigma bajo el cual opera su asociación, sobre si los restos de sus familiares podrían haber sido enterrados en Campo Fe, El Parque del Recuerdo o Los Jardines de la Paz que constituyen, esos sí, el “aquí cerquita…, prácticamente en nuestras narices” del que habla Mónica Delta en la televisión.

Esta vez los más “alternativos”. El mausoleo y las manifestaciones alrededor de él constituyen una memoria alternativa, la de los “perdedores”, aunque la contrapartida, “una memoria históricaque minimice y reduzca a una condición menor a esta memoria derrotada subversiva”, aún no existe, dice Ricardo Caro. Sendero Luminoso ha perdido la guerra pero nos está ganando en memoria. La suya se alimenta no sólo de una retórica sino también del hecho concreto de la marginación.Pero, nuevamente, siento un poco desolador que no exista mención de las familias y sus periplos. Que ellas sean invisibles. ¿Son también ellas los “derrotados”? ¿La memoria de sus muertos puede ser tratada de esta manera, incluso cuando sea aprovechada por Sendero Luminoso? ¿Podría una memoria histórica incorporarles también a ellos como parte de las víctimas de un período de horror?

Hace mucho tiempo ya decimos que el país no es más el de la “república aristocrática” y, sin embargo, la forma como se menciona esto de los “triunfadores” y “perdedores” me sabe mucho a la visión que los aristócratas tuvieron de la guerra con Chile, donde el enemigo furioso sitió, invadió e hizo lo que quiso en la capital. ¿La victoria contra Sendero Luminoso estaría allí para resarcir el mal de hace casi 150 años? Porque, yo lo veo así, no es posible construir una memoria dominante, que compita contra la de Sendero Luminoso, incluyendo a, por ejemplo, los familiares de los mismos senderistas, si no entendemos, en primer lugar, que Sendero Luminoso es parte de la sociedad, que impedimos su existencia impidiendo la marginalidad, evitando que nosotros mismos vivamos de espaldas a los y las pobres de la ciudad y el campo. Cada vez que escucho que el Perú ganó una guerra y que los perdedores deben pudrirse en la cárcel como dice Patricia del Río Labarthe, me siento desesperanzado: En el país ahora no hay espacio sino para quienes sobrevivieron sin haberse “manchado” en algún momento con la subversión. Ni siquiera la parte más marginal del cementerio más marginal de un distrito marginal es un espacio de sobrevivencia para quien cometió un grave error deseando un país mejor.

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V

Y, claro, siento que tampoco hay un espacio para mí o que muy silenciosamente debo luchar por él, justamente poniéndome del lado de aquellos quienes, como mis amigos, cometieron serios errores en sus vidas, hasta que todos y todas seamos finalmente incorporados a la historia del dolor en nuestro país. Aristóteles decía algo como que uno elige las amistades porque compartimos con ellos la moral y la intención de ser moral. ¿Pero qué pasa cuando uno tiene amigos de todos lados, también de Sendero Luminoso? Puede parecer una pregunta banal pero es una sumamente importante, existencial. De hecho sabemos que esto ha ocurrido en los andes en una configuración mayor, donde las comunidades adoptaron bandos, eliminando por completo los lazos existentes entre ellas. Yo no he pertenecido ni he de pertenecer a una comunidad pero es mi momento de “salir del clóset”: Durante muchos años he ocultado tener amigos y amigas en Sendero Luminoso. He ocultado mi tristeza de saberles en la cárcel, quizás torturados. Es la misma tristeza que tuve cuando algunos de ellos me contaron de su partida, me dijeron que ya no les vería más, que era mejor así, que por favor les guarde algunas pertenencias o cuide a algún familiar. Lo hice temeroso de ser descubierto, de que mi vida se vea envuelta en crimen, de ser un “apestado”: de proteger a criminales. Vivir pensando en la vida de estas personas –tan cercanas a mi corazón– no ha sido fácil. Ocultar mi relación con algunas de ellas para no sorprender a otras que también quiero, que merecen todo mi amor y respeto y tienen suficientes razones para repudiar a las primeras, no ha sido fácil. Tener amigos muertos en Tarata y amistades en la cárcel no es fácil. Terminar la guerra así no es fácil y, claro, me doy cuenta que Aristóteles no fue peruano. Después de muchas lecturas teóricas se acaba entendiendo que la reconciliación y la memoria empiezan como un proceso interno, de respeto por todas las vidas ocultas que uno tuvo, por absolutamente todos los muertos, con una historia no de perdedores o ganadores sino una historia del dolor, una que no se repita, una que disuada a todos y todas de volver atrás, una que, aunque el margen exista, nos comprometa a todos a impedir la marginalidad. Una que incluso antes de hablar de la Verdad tenga como objetivo poner fin al encono.

VI

El padre Lanssiers contaba: “Cuando se estrelló en los Andes y después de haber caminado días y días hasta las primeras habitaciones humanas, el aviador Guillaumet dijo, al abrazar a sus compañeros de la Aeropostal: “lo que he hecho, lo juro, ningún animal lo hubiera hecho”. ¡Magnífica frase! Para que los gusanos puedan devorar al hombre como si fuera una vieja zapatilla, la naturaleza tiene que pisarlo y machacarlo; pero, cuando un hombre dice: “lo que he hecho, lo que ha soportado, ningún animal lo hubiera hecho”, entonces ha conocido la cumbre del sufrimiento. Una vida de hombre en la cual nunca hubo tal momento es una vida perdida. Este hombre tiene las patas enfurtidas. Ha tocado tan poco el suelo que pisó que se podría deslizar una hoja de papel entre su pie y la tierra. No es nada, se parece a alguien que arrastraría su vida en un costal con miedo de olvidarlo en alguna parte… O es la guerra. La guerra no es nada en sí, es un momento del tiempo que llamamos de este modo para saber de qué hablamos. Es como si dijéramos: “hoy día es lunes o viernes”. Pero si hablamos de este momento en el cual un hombre pudo decir: “lo que hice, ningún animal lo hubiera hecho”, entonces esta guerra fue la guerra entre todas las guerras desde que existe el mundo, vale todas las muertes y todos los nacimientos: los ojos en los ojos de Dios y la fraternidad de la sangre entre los hombres. Eso lo digo para los hombres, no para aquellos que arrastran su vida en un costal.” (HubertLanssiers, “Los Dientes del Dragón”, 2009: 71-76)

Reconocer al Perú, todo él, como un individuo que regresa del horror para no arrastrar su vida en un costal. Quizás sea esta la única razón para construir la historia común que necesitamos. Para dar fin al encono.

Articulo publicado originalmente en la revistaideele

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